La leyenda del espanto de los ruidos

En el tranquilo municipio de San Vicente de Chucurí, ubicado en el mágico departamento de Santander, se tejía una leyenda que estremecía los corazones de aquellos que la escuchaban. En la apacible vereda La Colorada, en la finca del Candelillo de don Alfonso Cala, se desarrollaba la enigmática historia del espanto de los ruidos.

La leyenda comenzó a gestarse en la casa de los vivientes, donde misteriosos sucesos perturbaban la paz de la noche. La gente del lugar murmuraba sobre la presencia de una bruja o un duende, pero nadie se atrevía a enfrentar lo desconocido. Los días sin labores en la finca eran especialmente propicios para que los fenómenos extraños se desataran, cuando los trabajadores y Gregorio, el dueño de la casa, se ausentaban, dejando a sus mujeres solas.

Una valiente mujer llamada Virginia, esposa de Gregorio, decidió enfrentar el miedo y buscar respuestas. Se acercó al patrón, don Alfonso Cala, y le pidió permiso para que su hija Delfilia y su prima Ana la acompañaran esa noche. La curiosidad y el deseo de conocer la verdad llevaron a las jóvenes a aceptar la invitación, aunque desconocían los eventos que estaban por desencadenarse.

Llegó la noche, y con ella, la oscuridad que envolvía la finca. Las mujeres se encerraron en el aposento de dormir, encendieron la alumbre y esperaron con temor. Pronto, el espanto comenzó con una violenta palmada en la puerta, seguida de un estruendo como si un caballo rastrillara con sus patas en el empedrado. Aterradas, rezaron y leyeron la Biblia como un conjuro para ahuyentar el mal.

El misterio se intensificó cuando los ruidos se trasladaron a la cocina, donde se escuchaban actividades cotidianas como lavar platos, tirar tapas y preparar alimentos. Armadas de valor, las mujeres se aventuraron a investigar, solo para descubrir que la cocina permanecía intacta, como si el espanto se burlara de ellas.

El juego del espanto continuó, moviéndose por los patios y la descerezadora. Los sonidos de la maquinaria y las actividades cotidianas llenaron el aire, pero al alumbrar con la linterna, nada revelaba la presencia de alguna entidad. Agotadas por el juego entre la realidad y lo sobrenatural, las mujeres decidieron retirarse a descansar después de rezar.

La noche transcurrió, y con la llegada del amanecer, los ruidos cesaron. Las mujeres bendijeron la casa con agua bendita y otros conjuros para asegurarse de que el espanto se alejara. Con el tiempo, los misteriosos sucesos dejaron de ocurrir, pero la leyenda del espanto de los ruidos perduró en la memoria de Delfilia, quien la contó a generaciones futuras como un recuerdo imborrable de una noche llena de misterio en la encantadora vereda La Colorada de San Vicente de Chucurí.

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