La leyenda del baúl de los tabacos

Hace muchos años, en el pintoresco sector de Santarosa, ubicado en el hermoso municipio de San Vicente de Chucurí, en el departamento de Santander, se tejía una historia tan misteriosa como encantadora. En ese lugar, entre las sombras de la antigua hacienda de Santa María, que perteneció en tiempos remotos a Don Juan Gualdrón, se desarrollaba la leyenda del Baúl de los Tabacos.

Cuentan los lugareños que en esa hacienda vivía una mujer de corazón tan tacaño que ni siquiera permitía ofrecer un vaso de agua a quienes lo necesitaban. Esta señora, patrona de la finca, era conocida por su avaricia desmedida, llegando al extremo de negar limosnas a los trabajadores, temiendo perder su favor si se descubría algún gesto de generosidad.

Pero entre las sombras de la hacienda, una humilde sirvienta se destacaba por su amabilidad y buen trato hacia las gentes y trabajadores. Una madrugada, cuando el aroma del café recién hecho envolvía la cocina, un misterioso caballero, alto y moreno, se asomó por la ventana y solicitó un sorbo de tinto a la joven sirvienta.

Aprovechando la ausencia de la patrona, la sirvienta le brindó el tinto con discreción, y en agradecimiento, el gentil caballero le ofreció un tabaco, solicitándole que lo guardara en su baúl de los corotos. La condición era clara: no debía contárselo a nadie, ni permitir que nadie lo viera o se lo fumara.

Así transcurrieron muchas madrugadas, convirtiéndose en un ritual secreto. El caballero siempre aparecía cuando el aroma del café impregnaba el aire, pidiendo su tinto y devolviendo el pocillo con un tabaco. La sirvienta, llena de temor por la estricta patrona, guardaba discretamente cada obsequio en su baúl.

Un día, después de seguir fielmente el ritual, el caballero le aconsejó a la joven sirvienta que abandonara la hacienda y buscara trabajo en otro lugar. Aunque sorprendida, ella decidió seguir el consejo y se trasladó a otra finca en un sector distante, llevando consigo su baúl lleno de tabacos.

Días después, al abrir el baúl, la sirvienta quedó atónita al descubrir que los tabacos no eran simples cigarrillos, sino auténticas joyas de oro. La joven se había vuelto rica gracias al misterioso regalo del caballero gentil. Sin embargo, nunca más volvió a ver a aquel hombre misterioso que, con cortesía, le entregaba cada madrugada su tinto y le devolvía el pocillo con un tabaco dorado para que lo guardara en su baúl por un tiempo.

Desde entonces, la leyenda del Baúl de los Tabacos se convirtió en parte de la tradición oral de San Vicente de Chucurí, un relato que mezcla la magia de lo oculto con la generosidad inesperada y que perdura en el tiempo como un tesoro guardado en el corazón del municipio.

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