El Cabo debió sentirse un hombre equivocadamente mesiánico, solo por el hecho de haber nacido en un municipio del departamento del Huila llamado Colombia.  Este personaje fue tan controvertido que hasta este momento nadie ha olvidado sus acciones, que han corrido de boca en boca a través de varias generaciones; siendo temido tanto por liberales como por conservadores.

Su esmerada formación militar conjugaba perfectamente con su quehacer de mantener el orden, en una nación donde la religión y la administración pública, bailan acompasadamente.

El Cabo Florido llegó ese domingo al pueblo y mientras hablaba desprevenidamente con las personas, simulaba ser un camaleón vestido de paisano; esa misma tarde había concertado tomarse unas cervezas con un vendedor de baratijas de oro que se llamaba Luís, y que competía con su adversario de apellido Bretón, en quien de los dos podría comprar más calzas de oro al sepulturero del pueblo.

Extraído del Libro “El fatídico 27 y el Cabo Florido”
Hechos de la violencia de 1946 en el Chucurí.
Autor: Marcial Orduz Dulcey.