La leyenda del Indio (Versión corta 01)

Hace muchos, muchos años, en la tranquila región de San Vicente de Chucurí, en el corazón del departamento de Santander, se contaba una antigua leyenda que se transmitía de generación en generación. La historia hablaba de los indios Yariguíes, cuyo cacique gobernaba con sabiduría y honor. Su familia estaba compuesta por una esposa amada y dos hijos que eran la luz de sus ojos.

Sin embargo, la armonía de la vida indígena se vio trastornada con la llegada de los barbudos extranjeros, los españoles, quienes trajeron consigo discordia y tragedia. En una de las correrías del cacique, un barbudo rapto a su esposa e hijos, desencadenando la ira y la sed de venganza en el corazón del cacique.

La esposa, temiendo por la seguridad de sus hijos, huyó quebrada arriba, perseguida por el furioso cacique. En su desesperación, se escondió entre la manigua cerca de una laguna. Lleno de pánico, pidió la protección de los espíritus de la selva, y en un acto mágico, el alma de la laguna la llevó al fondo de las aguas.

El cacique, furioso y decidido a recuperar a su familia, luchó contra el alma de la laguna. La magia de la india provocó una torrencial lluvia que desvió el curso de la quebrada. Cabalgando sobre una viga de oro, la india y sus hijos fueron llevados por la corriente, desapareciendo para siempre. La crecida casi se lleva al pueblo en el estruendo de su furia.

Lleno de ira y rencor, el cacique prometió bajar también quebrada abajo, llevándose el pueblo como castigo. Rogó al alma de la laguna por su magia, pero el astuto cura del pueblo intervino. Hicieron un trato: el cacique debía fumarse un paquete de tabacos, y al terminar, podría bajar y llevarse todo el pueblo, excepto la iglesia. Como pago, dejaría un racimo de plátanos de oro en el atrio.

Lo que el indio no sabía era que los tabacos estaban malditos, y aunque fumara incansablemente, el paquete nunca se agotaba. La neblina en los cerros, donde nace la quebrada, era el humo de los tabacos del indio. La espera era eterna, y mientras tanto, el pueblo vivía en paz, sin temor a la crecida que podría llevarse todo cuando el indio finalmente descendiera.

Así, la neblina entre los cerros persiste, recordándonos la espera eterna del indio Yariguí en su desesperado intento por recuperar a su familia y cumplir su promesa de venganza. Mientras los tabacos no se agoten, la tranquilidad del pueblo perdura, y la crecida amenazante permanece suspendida en el tiempo, aguardando el día en que el indio descienda y cumpla su destino.

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