La leyenda de la siembra del agua

En el Municipio de San Vicente de Chucurí en una pequeña vereda llamada “Cantarranas”, donde el sol abrasaba la tierra y el verano se volvía un castigo ardiente, Carmelita se enfrentaba a la devastación de la sequía. La desolación se apoderaba de los campos secos y de los animales que buscaban desesperadamente un respiro bajo las sombras menguantes de los árboles. Pero Carmelita, una mujer sabia y conectada con las tradiciones ancestrales, recordó un antiguo ritual que había pasado de generación en generación: la siembra del agua.

Con determinación, Carmelita se propuso llevar a cabo el místico proceso para asegurar un aljibe permanente y sagrado en su comunidad sedienta. Recordando las enseñanzas de sus ancestros, comenzó la búsqueda de elementos sagrados. El chucho, un recipiente especial, fue seleccionado con cuidado, limpiado y purificado para recibir el don divino del agua.

El proceso incluía ingredientes secretos y misteriosos: agua bendita del Viernes Santo, tres cabellos de una mujer virgen y otros aliños que solo Carmelita conocía. El chucho, ahora lleno de esta mezcla sagrada, fue tapado con una tuza o taco de madera y enterrado en un lugar estratégico, donde se esperaba la intervención de la naturaleza.

Bajo la sombra de árboles antiguos, plantados con conocimiento ancestral, Carmelita sembró el chucho boca abajo, rezando fervientemente a la Virgen de Chiquinquirá. El lugar se convirtió en un altar, dedicado a la patrona de estos misteriosos rituales. Treinta y tres credos resonaron en el aire, pidiendo el milagro de que el agua brotara en el aljibe.

La espera comenzó, y Cantarranas observó con expectación el proceso. El agua sembrada demostró ser caprichosa, exigía cuidado y respeto. Carmelita, con la sabiduría de quien ha realizado este rito en otras tierras, vigilaba el lugar sagrado, temiendo que fuera profanado y el milagro se desvaneciera.

La historia de “La Siembra del Agua” se convirtió en un legado, un relato que viajaba de boca en boca, contando el milagro secreto de Carmelita. Las mujeres del pueblo, guiadas por tradiciones ancestrales, se volvieron las guardianas de la siembra del agua, asegurando que la magia fluyera ininterrumpidamente.

Los vecinos de Cantarranas, agradecidos, aprendieron la lección de Carmelita: la conexión con la tierra, la fe en lo sagrado y el respeto por la naturaleza podían traer un oasis en medio del desierto. Y así, cada verano, la siembra del agua recordaba a la comunidad que, incluso en los tiempos más áridos, la esperanza y la tradición podían florecer como un manantial eterno.

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