El escritor santandereano Daniel Ferreira realizó una crónica excepcional para los treinta años de la Masacre de Llana Caliente. Paradójicamente, un año después de su escrito, la búsqueda de la verdad vuelve a ser noticia de una herida abierta y dolorosa en la memoria santandereana.

La primera noticia es la decisión de la Jurisdicción Especial para la Paz, en el estudio de medidas cautelares sobre 16 lugares de inhumación de víctimas de desaparición forzada. En el auto, la JEP requiere a las autoridades municipales de Lebrija, San Vicente de Chucuri y Cimitarra para que brinden información sobre lugares de inhumación y la obligación de realizar acciones para la protección y preservación de fosas comunes y de cementerios clandestinos. Esta decisión no puede pasar desapercibida porque le impone obligaciones ante el tribunal transicional a las autoridades municipales frente a crímenes de conocimiento de la jurisdicción, y aún de mayor relevancia, frente crímenes de lesa humanidad.

La segunda noticia proviene de uno de los verdugos de la Masacre de Llana Caliente: el paramilitar Faber de Jesús Atehortúa Gómez, conocido en la guerra como Julio Palizada. Integrante del grupo paramilitar los masetos, fundado por Isidro Carreño, inspector de El Carmen del Chucuri, protegido y apoyado por el Batallón de Infantería Luciano DElhuyar, son señalados en la muerte de 50 personas y la desaparición de otras en los hechos de la masacre. En la entrevista, Palizada expresa su voluntad de aportar a la verdad sobre la alianza entre militares y los masetos; las consecuencias de esta relación en la época, a quienes les endilgó más de “3000 crímenes”.  El confeso paramilitar está a disposición y promete aportar en el estudio su caso. Palizada está condenado a más de 40 años por homicidios, concierto para delinquir, entre otros hechos cometidos antes, durante y después de su permanencia paramilitar, razones que dificultan su ingreso a la JEP.

Estas dos noticias ponen la lupa en la Masacre de Llana Caliente por varias razones, a nivel nacional. La primera es la decisión de la JEP, en asocio con la UBPD, de meterle cuerpo al asunto en una zona con alta concentración de masacres, desapariciones forzadas y homicidios como lo es Hoyo Malo, lugar donde los relatos de la época apuntan a que fueron lanzados los cuerpos de cientos de personas asesinadas durante la Masacre de Llana Caliente y el periodo de guerra entre fuerzas estatales, paramilitares y guerrilleras en la década de los 80. La segunda, es arriesgarse a materializar el espíritu de la paz territorial como un eje fundamental del accionar de la jurisdicción, lo cual posiciona el punto central: las víctimas y sus derechos a la verdad y la justicia. Frente a la posibilidad de que en estos lugares se encuentren cientos de cuerpos de personas sin identificar se deben movilizar todas las instituciones del Estado a fin de determinar los mitos y realidades que se esconden en estas necrópolis de la guerra y revelarlas como parte de la verdad plena.

El desafío es grande y aún  más en el reconocimiento de responsabilidades, a pesar de que quienes la hayan tenido, ya murieron, es necesario que las instituciones brinden una visión crítica de su participación e historia que permita la recuperación de la memoria y la reconciliación de quienes padecieron la guerra sucia y de agentes de Estado y grupos guerilleros como FARC, EPL y ELN. Esta decisión de la JEP es fundamental hacia la recuperación de los cuerpos de las victimas y el acceso a al derecho a la verdad que le asiste a sus familiares, representados por el Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado (MOVICE), organización peticionaria de las medidas.

Los hechos de la Masacre de Llana Caliente representan un desafío para la verdad, y la reconciliación, real, duradera y efectiva, en el Magdalena Medio. El camino que se está empezando genera un espacio interesante de acción, diálogo y coordinación institucional entre las autoridades nacionales y locales frente a los desafíos en la identificación y entrega digna de restos a sus familiares.

El retorno de Llana Caliente a la opinión pública nacional abre una esperanza a los familiares de personas desaparecidas en San Vicente y El Carmen de Chucuri, y demás municipios que fueron sometidos a la guerra en la década de los años 80 y 90, y aun insisten en no olvidar a los suyos. Como dijo el premio Nobel de Literatura José Saramago durante su visita a Bogotá en el 2007,“Colombia debe vomitar a sus muertos, para que esto quizá pueda cambiar”. Es fundamental trabajar en este esfuerzo por la paz de la República.

Artículo extraido de LaSillaVacia.com / Imagen Vanguardia Liberal. 30 de mayo de 1988. Colección de prensa. Biblioteca Nacional de Colombia.