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Atravesar a pie el páramo de Berlín, a más de 3.000 metros de altura es la menor de las dificultades para los cientos de venezolanos que deciden llegar caminando a Bucaramanga desde Cúcuta. El temor de que sus familias mueran de hambre es lo que más les duele.

Acurrucado, a Rafael Ramos, de 31años, se le notan demasiado los huesos de las rodillas. Aunque el jean que está usando desde hace tres días intenta sumarle unos kilos de peso, cuando se levanta los huesos sobresalen.

– “Pa’ que usted vea, pues. Esto es Venezuela hoy”, dice mientras muestra los codos, huesudos también.

Entre noviembre del año pasado y los primeros días de enero perdió casi 10 kilos, más unos cuantos que fue perdiendo durante el 2017. Sus hijos pequeños van por el mismo camino y por eso él decidió que no los va a dejar morir, cueste lo que le cueste.

Según datos de Caritas Venezuela, una organización social internacional de la Iglesia Católica que atiende población vulnerable, semanalmente en el vecino país mueren entre 5 y 6 niños por desnutrición. Durante el 2017 atendieron más de 3.000 casos,  de los cuales el Ministerio de Salud venezolano dice no tener pruebas, pues en los hospitales no hay registro. Caritas dice que no hay pruebas porque ni siquiera hay medicamentos para atenderlos.

Así que mueren por otras patologías, pero agudizadas por la malnutrición.

Rafael lleva 16 días caminando. Salió de Maracaibo (Zulia) a principios de enero y necesita llegar a San Vicente de Chucurí (Santander), donde le dijeron que había trabajo en una finca. Tiene los pies ampollados, pero dice que así le sangren tiene que llegar y hacer lo imposible para que sus hijos no entren a esas fatales estadísticas.

Migrar para sobrevivir


En Berlín, a más de una hora y media de Bucaramanga y casi dos horas de Cúcuta, en carro, los habitantes ya están acostumbrados a la procesión constante de venezolanos que, por esa vía, intentan llegar a Bucaramanga y otras ciudades. Algunos pasan a pie, otros como polizones en camiones y camionetas, y unos pocos, cuando la noche y las heladas de menos de 5 grados no los dejan continuar, duermen en el parque.

No hay una hora exacta de peregrinación, ni una constante en el número de personas; pero sí hay tres cosas claras: la mayoría son hombres, la expresión del rostro de todos es la misma, y la Policía ni los habitantes de los pueblos por donde pasan, hacen el mínimo esfuerzo por detenerlos, revisarlos o pedirles papeles.

– “¿Ves esta cara, chama? Esta es la cara del hambre. No hablo de la flacura, pues. Hablo de los ojos, de la mirada, del alma. ¿Por qué nos vinimos? Porque cuando le dan a uno en el hambre, es cuando duele”, expresa uno de los 12 venezolanos que van en la parte trasera de un camión que les ofreció llevarlos hasta el inicio de la doble calzada de la vía Bucaramanga-Cúcuta.

Ellos corrieron con suerte. Aunque venían preparados para caminar más o menos 189 kilómetros hasta llegar a Bucaramanga desde Cúcuta, han caminado poco y han comido mucho, o por lo menos mejor que en los últimos meses en Venezuela, donde si desayunaban no almorzaban, y si almorzaban no cenaban. Todos aseguran que la hospitalidad y la solidaridad de los colombianos no tiene límites.

Una de las dos mujeres que van en el camión es administradora de empresas y trabajaba en una compañía de carnes, a la que le iba bien cuando la inflación no estaba por las nubes y los precios eran normales.

– “La gente pregunta si todo en Venezuela es igual, qué si los supermercados están vacíos y qué si la gente se muere de hambre. Pues sí, los de la clase media baja  y baja no tenemos que comer. Esa es la realidad. En las ciudades grandes hay tiendas con cosas importadas, pero ahí solo pueden comprar los que ganan en dólares. En los supermercados normales se roban todo para después venderlo más caro. ¡Pues claro! Así hagas fila desde las 3:00 de la mañana, cuando llegas no hay nada y te toca buscar la comida en el mercado negro. O sea, ¿quién con un salario mínimo compra un paquete de pasta a 200.000 bolívares o un cartón de huevos a 400.000 si se te va el sueldo en esos dos productos?, prefieres largarte”, cuenta.

El Banco Central de Venezuela (BCV) publicó el último índice oficial de escasez en abril de 2014. En ese tiempo era de 25,3%. Hoy, según Datanálisis, empresa de investigación de mercado, este índice es de más del 80% en ciudades principales. En las provincias es mayor.

El salario mínimo, con el último ajuste del gobierno, quedó en 248.510 bolívares.  Sumando el bono de alimentación, en total son 798.510 bolívares. Pero una libra de harina para hacer arepa ronda los 180 mil, 140 mil vale un kilo de arroz y más de 300 mil una bolsa de azúcar. En esas tres cosas se va el dinero. Si un venezolano quisiera comprar toda la canasta básica de alimentos, necesitaría alrededor de 3.8 millones de bolívares.

Y, ¿entonces para el arriendo, ropa o cosas de aseo?

-“No me haga reír”, responde la otra mujer, quien dejó un bebé de casi un año al cuidado de una tía porque a punta de teteros de ahuyama no puede sobrevivir.

En el camión van tres menores de edad. Se acaban de graduar de bachillerato y van hacia Bucaramanga solo de paso. La idea es llegar a Ecuador. No conocen a nadie, dejaron a sus familias y no tienen pasaporte. Su sueño es tener una carrera.

– “Sí, queríamos estudiar, pero ¿quién estudia con hambre? Eso es lo que quiere el régimen de Maduro, que la gente no coma para que no piense”, dice uno de los tres.

Comer o dormir

En  un punto medio entre el peaje de El Picacho y el inicio de la doble calzada a Bucaramanga, otro grupo camina con una bandera de Venezuela y una gorra del partido de oposición, Acción Democrática. En este grupo viene Rafael Ramos y seis personas más, quienes se turnan para ondear la bandera y sacar la mano a ver si alguien por fin los lleva, luego de 16 días de caminata.

Todos vienen a pie desde Venezuela, cuatro desde el estado Zulia y tres desde Lara. El resumen de la caminata es: 10 días hasta Cúcuta, seis más hasta Berlín; ampollas y heridas en los pies, quemaduras del sol y del frío, pero la barriga llena. Han dormido en parques y montes, se han bañado en ríos, han comido en cada pueblo donde paran y de la poca ropa que llevaban en la maleta ya no queda nada limpio.

Sin embargo, para ellos, eso no es lo más difícil. Ni siquiera lo es recordar los golpes, narices rotas y patadas en el estómago que la Guardia Nacional les dejó como recuerdo por decir a todo pulmón que eran de oposición. Tampoco que les hayan negado el pasaporte. Lo que les duele es que el hambre haya desintegrado a sus familias.

– “Maduro está loco, chica. Completamente loco. Nos puso a elegir entre dormir bajo un techo o comer; estudiar o comer; tener ropa o comer; enfermarse o comer; tener una familia unida o comer. Es que… coño, ¿cómo es posible que sea tan bruto?”,  exclama enojado Jorge Luis Paz, sin detener la marcha.

Al fin, una minivan se detiene. Los puede llevar hasta la entrada de la ciudad y en menos de un minuto todos se acomodan. Agradecen como si les hubiesen salvado la vida porque afuera, el frío de las seis de la tarde ya era insoportable.

Antes de quedarse dormidos durante casi todo el trayecto, una hora más o menos,  el mayor del grupo, José Vilches, de 47 años, cuenta que el día de Navidad se fue la luz durante toda la noche en casi todos los estados (departamentos) de Venezuela.

– “¿Sabe que salió a decir nuestro presidente? Que como habíamos estado en la oscuridad y nadie nos había visto, podíamos volvernos a poner el estreno de ese día para fin de año. ¡Él se burla!, maldita sea. No tuvimos ni para comer, mucho menos para comprar ropa. Pero no pasa nada, aquí estamos, fuertes, vamos a demostrarle que somos capaces de no dejar morir de hambre a nuestra gente”, rememora indignado José.

Todos asienten. Incluso su hijo, Alexander, de 24 años, quien decidió acompañarlo en la travesía. Todos se quedan dormidos,  menos él. Se quita su chaqueta, se la pone a su papá como si fuera una cobija y  luego llora en silencio. Sin hacer ruido deja que las lágrimas bajen mientras ve por la ventana de la minivan como, en dos puntos diferentes, otros grupos de venezolanos siguen a pie.

Cuando el vehículo para, todos se bajan y dan las gracias al conductor, varias veces.  El próximo destino es el parque García Rovira, el lugar que se ha convertido en albergue improvisado para muchos de sus paisanos en Bucaramanga.  Ellos solo piensan pasar la noche ahí porque sus verdaderos destinos son Bogotá y San Vicente de Chucurí; sin embargo, son conscientes de su invasión del espacio público y piden disculpas por eso, incluso por aquellos que han hecho del parque su destino final.

– “Sabemos que están cansados de nosotros, lo entendemos, pero ustedes (los colombianos) tienen comida, ¿qué más podemos hacer?”.

En Bucaramanga, a pesar de las iniciativas de la Alcaldía de Bucaramanga para que la llegada masiva de venezolanos a la ciudad no se salga de control, la Personería Municipal ya definió la situación como aguda, sin que hasta ahora haya una solución verdadera. Tanto el parque García Rovira como la Plaza Cívica Luis Carlos Galán siguen siendo utilizados como albergues improvisados por los migrantes del vecino país.

Según Natalia Durán, coordinadora de la Oficina de Asuntos Internacionales de la Alcaldía, se han hecho esfuerzos por atender a la población tanto en salud como en educación y orientación, y si no se ha hecho más es porque están supeditados a las instrucciones del Gobierno Nacional y a la espera de qué proceder les indican.

De acuerdo a lo informado por la Secretaría de Desarrollo Social, la próxima semana el Municipio sostendrá una reunión con Acnur Colombia, Migración, Procuraduría, entre otros entes, con el fin de estudiar la posible creación de un albergue.

 

Artículo realizado por IRINA YUSSEFF MUJICA / Vanguardia Liberal